El fin de semana pasado aprendí unas cuantas cosas. Me las contaron en el Centro Vecinal del Pumarejo, aquí en Sevilla. Supe de la historia de Calisto, de cómo acabó conviertiéndose en la Osa Mayor defendiendo a su hija, la Osa Menor, de manos del cazador Arkas. Allí se puede ver todavía en el cielo. También me hablaron de Carmen Amaya y de las sardinas que asaba en el Hotel Waldorf Astoria. Contentos como estábamos, cantamos y tocamos las palmas por bulerías incluso una chica portuguesa bailó un fado para todos (que yo no sabía que se pudieran bailar).
En un pequeño teatro, contemplamos las andanzas de un gracioso personaje que rodaba por el mundo buscando la parte que le faltaba. Nos reímos hasta desternillarnos con las venturas y desventuras de Ana, la Pelu y la Cerebro en pos de su viaje de verano, un viaje que por sí mismo podría servir como argumento para una de las comedias con las que más me reiría en la vida. Y antes de irme pude saber que la Luna no es sino una laguna que nos refleja el sol. Quién pudiera bañarse en ella…

Pues todo esto aprendí de manos de artistas, contadores, duendes y hadas geniales, salidos del público, que se suelen reunir el último domigo de mes, a eso de las siete de la tarde. Yo no me resisto a conjurar a las musas la próxima vez que ocurra. En este mundo de cultura prefabricada es reconfortante ver cómo surgen espacios de creación libres como este en el que el público se fusiona tan bien con la atmósfera mágica que siempre envuelve a los cuentos…

pumarejo
Hasta el perrillo que había quería contar un cuento

Escuchando…
This Mortal Coil – Song to the Siren