Cual Quijote, con lanza en ristre, me dispongo a realizar mi segunda salida a la blogosfera. Es cierto que he estado un poco olvidado, de mi y de mis compañeros blogueros, pero he decidido que ya no más. Y nada mejor que comenzar esta etapa con un enlace, meneo o como queráis llamarlo, de una artículo que leí hace unos días.

Mientras que he estado flotando en la nada -ya iré contando más cosas sobre mi desaparición en sucesivos posts- he escuchado mucha música, y me he puesto al día de todo el punk que tenía en la recámara. Digamos que, siguiendo con la metáfora, me he disparado algunas canciones de punk en las sienes. Y, de verdad, sientan muy bien.

antinazipunk

Pero teniendo en cuenta toda la amalgama de gritos, palabrotas, gamberradas, protestas y demás reivindicaciones antisistema (que yo consideraba como una pose radical de izquierdas) me encuentro con muchos símbolos nazis entre el look punketa. Y me pongo a investigar, y encuentro este genial artículo, que no tiene firma, y que trata precisamente sobre esta duda peluda que me reconcomía.

La respuesta es muy simple: un punky se pone una esvástica para tocar los cojones, nada más. La idea es provocar, molestar, incomodar, hacer pensar, incordiar, relativizar, desacralizar, empujar,… tocar los cojones, vaya. Eso sí, sin mariconeos, como diría Pérez Reverte.

Me pareció tan sano el concepto y tan apropiado para una sociedad que no hace más que fanatizarse que lo retomo para hoy en día. Muchos dicen que el punk duró cuatro o cinco años, porque no se podía aguantar el ritmo mucho tiempo, pero yo creo que existe y existirá siempre una actitud punk (por favor, ved este documental) que es es necesaria para descongestionar todos los prejuicios que tenemos.

Un abrazo a todos, y perdonad la ausencia.