Aquellas tardes en apariencia baldías que pasamos echados el uno en la tranquilidad del otro. Aquellas risas que precedían aquellas tormentas que precedían aquellas risas.

Aquellas tazas llenas de sinceridad e ilusión y, a veces, de irracionalidad e imprevisibilidad. Aquellos museos llenos de deseos. Aquellos aviones llenos de canciones.

Aquellas llamadas de teléfono, aquella incomunicación del Messenger. Aquellos abrazos interminables. Aquellas lágrimas mías, irrefrenables. Y la luna, y el sol.

Aquellas promesas sin nombre. Aquellos hijos que no tuvimos. Aquél aeropuerto solitario. Aquellos aviones vacíos.

Aquella calle de Madrid, aquella canción de Mecano. Aquél “reiremos al final” y estos llantos callados.