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Repasando hechos científicos destacados de este año, como cosa curiosa ha llegado a mi conocimiento un experimento relacionado con el juego de las damas. Se intuía, se sabía del juego del 3 en raya, pero ahora se ha demostrado científicamente: dos jugadores perfectos echando una partida a las damas siempre empatarían.

Eso me trajo a la cabeza la película Juegos de guerra (siempre hay una película que me viene a la cabeza, por diferentes razones 😉 en la cual la máquina que se vuelve loca provoca la Tercera Guerra Mundial porque no sabía empatar.

A veces, lo más inteligente para resolver conflictos es saber empatar. Y más si se trata de uno mismo. Aprendamos, en este caso, de las damas.

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Puede parecer que voy con retraso, pero nunca es tarde para hacer un homenaje a un ser querido. Puede parecer también, por esta introducción, que vaya a hablar de un familiar, amigo o cualquier persona cercana y conocida, pero en este caso se trata de una persona que no vi en mi vida.

Hace algunos años llevo escuchando un programa de radio que se llama La Rosa de los vientos. ¿Que de qué va? Pues de todo, pero sobre todo de la curiosidad por aprender Historia, Ciencia, Literatura, Enigmas, Medio Ambiente, Cine, Arte, actualidad… Un cúmulo humanista de saber que se concentraba en este “amigo” mío: Juan Antonio Cebrián. La alegría y el bien hacer de este profesional de la radio, que llevaba con este programa 10 años, impregnaba todos los conocimientos que transmitía en tertulias, comentarios, entrevistas y sus ya míticos pasajes de la historia. Últimamente, y como el programa es muy tarde (domingos de madrugada, y dura tres horas), me lo descargo en mi iPod como miles de oyentes. Creo que es de los mejores programas de radio que hay, yo diría que en toda la red a nivel mundial.

Pues este genio de la radio, este compañero de insomnios, divulgador nato, amante de la Historia y maestro de maestros murió el 20 de octubre (hace ahora un mes) de un infarto con 43 años y un niño (Alejandro) de 3. Tras el primer mes sin su voz sigo sin poder superarlo. No puedo creer que un simple infarto cercenara tanto bueno. Lo único que me anima es que siguen sus grabaciones, sus pasajes, reviviendo la historia y la cultura. Escoged cualquiera al azar y quedaréis enganchados a su estilo. Podría hablar horas sobre él, sobre todo lo que me ha hecho ver (qué ironía) a pesar de que yo nunca pude verle en persona. Sé que muchos ya le han rendido homenaje, entre ellos estáis algunos de los que visitáis este blog, pero no me importa sumarme al mar de aplausos que debe recibir este hombre en agradecimiento por tanta bondad y trabajo en la corta vida que le tocó vivir.
Adiós, amigo.

mentiroso

No me buscarías si no me hubieras encontrado
San Agustín.
Del tiempo huye lo que el tiempo alcanza
Lope de Vega
No sé qué tiene el aldea
donde vivo y donde muero
que con venir de mí mismo
no puedo venir más lejos
Lope de Vega
Yo me equivoqué una vez: cuando creí haberme equivocado.
Un político antillano
Todos somos iguales, pero unos más iguales que otros,
George Orwell, Rebelión en la Granja

A veces, al hablar, uno cree que realmente está diciendo algo y usa las palabras con la confianza que los demás lo entiendan. Pero el lenguaje está mal hecho. Lo mismo que hay agujeros negros en el espacio, hay agujeros negros en las palabras. Os voy a poner unos ejemplos:

1. La paradoja del cocodrilo
Un cocodrilo captura al hijo de una mujer y este le pregunta:
COCODRILO: ¿Me comeré a tu hijo?. Si aciertas, te lo devuelvo ileso. Si no, me lo como.
MUJER: Sí, te comerás a mi hijo.
COCODRILO: Jeje, si estás en lo cierto, no te lo devuelvo y me lo como.
MUJER: Pero si te lo comes, entonces he acertado y me tienes que devolver a mi hijo.
El cocodrilo quedó tan confundido que dejó escapar al hijo…

2. La paradoja del puente
En el Capítulo LI del Libro Segundo de El Quijote, se nos cuenta la historia de un puente custodiado por un guardia. Este guardia sólo podía dejar pasar al otro lado a los que decían la verdad sobre el motivo que aducían para cruzar. La horca era el castigo para los mentirosos.
Una vez llegó un hombre y pidiendo paso, el guardia le preguntó su motivo. El viajante respondió:
– He venido para ser ahorcado.
Si decía la verdad, el guardia debía dejarle pasar pero debía ahorcarle también y esto no se lo merecía pues no había mentido. Si mentía su castigo era la horca, pero entonces no era cierto que hubiera venido a ser ahorcado. El guardia consultó al gobernante de las tierras que custodiaba y este último comprendió que quebrantaría la ley de cualquiera de las formas, así que le dejó pasar en libertad al visitante.

3. La paradoja del mentiroso
Esta es la más conocida. Epiménides, un filósofo griego de estos del siglo VI a.C., dijo una vez en una plaza pública de Creta, llena de gente:
– Todos los cretenses son unos mentirosos
La paliza que se podría haber llevado fue refrenada por un hecho que todos conocían: Epiménides era cretense. ¿Entonces?, ¿decía o no la verdad?. La historia no dice nada de cómo acabó el asunto, pero se ha comentado que sentó muy mal en cualquier caso y que Epiménides se llevó alguna que otra colleja. La filosofía es bastante arriesgada.

Por cierto, ¿qué véis exactamente en la foto?. Una cara, ¿no?. Hum… una cara un poco mentirosa, creo yo.

Mi hermano me ha pasado este pasquín preguntándome, con mirada inquisitiva, si esta era la manera de sacarme un sobresueldo con el que pagarme mis vicios. Pues no, lo desmiento, este NO soy yo:

manu_payaso

En el bullicio del local aquella chica era la única en la que mis ojos se paraban. Adoptando la postura de voyeur, la miré dos o tres veces más creyendo no ser visto pero en una de esas coincidieron nuestras miradas de lleno. Me sonrió. Yo me ruborizé.
Cuando ya nos estábamos yendo y hacía tiempo que la había perdido de vista me subí la cremallera del abrigo sin abrigar ninguna esperanza de volver a verla. En ese momento salió también ella del local. Nos volvimos a mirar y nos sonreimos de manera cómplice:
– ¿Cómo te llamas? -alcancé a decir con la confianza surgida en aquél momento.
Ella soltó una risa simpática y dijo:
– Mi nombre lo tienes que adivinar.
– Bueno, pero dame alguna pista -traté de negociar.
– Está bien -y comenzó a explicar-.
Si a mi nombre le quitas una letra, sigue siendo un nombre de mujer,
Si le vuelves a quitar otra letra sigue siendo un nombre de mujer.
Si le quitas una letra más, sigue siendo un nombre de mujer.
Y si le quitas otra más sigue siendo un nombre de mujer.

¿Cuál es el nombre de esta chica?

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